«La Noche de los Girasoles», ópera prima, excelente ejemplo de cine negro
J. P. Y. BARCELONA.
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J. P. Y. BARCELONA.
Hasta los mas sanguinarios asesinos en serie se toman un descanso de vez en cuando, así que esta vuestra Balacera no podía ser menos.
Que ustedes lo pasen y lo lean bien. Hasta la vuelta hacia el 20 de agosto.
Por Virginia Bautista
John Huston es el Santo Patrono de Puerto Vallarta. Significa tanto para los lugareños que este realizador cinematográfico estadunidense filmara en sus playas La noche de la iguana, en 1963, que la plaza luce una escultura del también actor, en lugar de un busto del prócer Benito Juárez.
Pero lo más sorprendente, además de que "el puerto existe por la película", es que la cinta que reunió en el pueblo a las mejores estrellas de Hollywood de ese momento se convirtió en un "verdadero mito" del que la gente sigue hablando y recuerda con entusiasmo 43 años después.
Este suceso inspiró al escritor Francisco G. Haghenbeck (1965) para escribir su primera novela: Trago amargo (Joaquín Mortiz), Premio Nacional Una vuelta de tuerca 2006, con la que inicia una trilogía motivada por la relación entre Hollywood y México a principios de los años sesenta.
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La apuesta por el género se enfrenta a una agresiva e inesperada competencia: la violencia real de la que a diario dan cuenta los medios de comunicación.
Hoy día, las páginas de los periódicos y los programas de radio y televisión tienen una fuerte carga de violencia. Si alguna vez Carlos Fuentes aseguró que la realidad empezaba a superar a la ficción, ahora la novela policiaca y negra enfrenta una verdadera competencia con hechos que ya no requieren de la imaginación más truculenta.
Sin embargo, esa realidad siempre ha estado ahí, a decir del escritor Francisco Haghenbeck, autor del libro Trago amargo (Joaquín Mortiz/DGP-Conaculta/Gobierno de Querétaro). Para este autor, los problemas radican en la facilidad actual para acceder a esas historias y el que poco a poco se transformen en algo rutinario.
“Raymond Chandler, en 1930, cuando escribió sus novelas, ya hablaba de corrupción policiaca, de asesinatos; que ahora sea más fácil acceder a estos temas es muy distinto: es muy fácil abrir el periódico y encontrar nota roja por todos lados.
"Creo que el riesgo principal es verlo como un asunto común, que ya no seamos sensibles a él. En eso hay que tener cuidado, pero eso no es problema de la novela negra, sino de los humanos, porque al final el género es una metáfora de nuestra realidad”, asegura el ganador de la segunda edición del Premio Una vuelta de tuerca.
Para Antonio Malpica, autor del libro Apostar el resto, una de las grandes apuestas de la literatura negra o policiaca es convertirse en el ámbito en el cual se valga de todo: cometer todos los crímenes o asesinar a los héroes, porque finalmente es ficción.
“En lo personal le apuesto mucho a esa opción, porque en la literatura no lastimo a nadie y, hasta cierto punto, se convierte en una vía de escape para el monstruo que todos llevamos dentro. Nunca va a ser lo mismo leer una novela negra que la nota roja; en quien se sienta a leer únicamente la nota roja seguramente ya hay más morbosidad”.
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JOHN CONNOLLY El camino blanco
Novela – Colección Andanzas – 384 páginas – 42 pesos – ISBN 987-1210-49-3 – Código TCA603EA
En Carolina del Sur, un joven negro se enfrenta a la pena de muerte acusado de haber violado y asesinado a Marianne Larousse, hija de uno de los hombres más ricos del estado. El caso, que nadie quiere investigar, hunde sus raíces en un mal que se remonta a un pasado remoto, el tipo de misterio que se ha convertido en la especialidad del detective Charlie Parker. Éste ignora que está a punto de sumergirse en una pesadilla y de introducirse en un escenario teñido de sangre en el que se mezclan el espectro asesino de una mujer encapuchada, un coche negro que espera a un pasajero que nunca llega, y la complicidad tanto de amigos como de enemigos en los sucesos que rodean la muerte de Marianne Larousse. Más que una investigación, es un descenso a los abismos, un enfrentamiento con las fuerzas oscuras que amenazan todo aquello que Parker ama.
Paralelamente, en la celda de una prisión, el fanático predicador Faulkner trama una venganza contra Charlie Parker, y para ello utilizará a los mismos hombres a los que el detective está siguiendo, y a una extraña y contrahecha criatura que guarda sus secretos enterrados en la orilla de un río: Cyrus Nairn.
Todas estas figuras deberán enfrentarse a su cruento destino final en los pantanos del sur y los bosques del norte, escenarios muy alejados entre sí pero unidos por un frágil hilo: el lugar donde convergen los caminos de los muertos y de los vivos.
John Connolly nació en Dublín en 1968. Estudió filología inglesa en el Trinity College de Dublín y periodismo en la Dublin City University. Fue funcionario en la Administración local y trabajó como cadete en los almacenes Harrod’s de Londres y como camarero, antes de ejercer como periodista freelance del Irish Times, para el que sigue escribiendo. Vive en Dublín, pero pasa parte del año en Estados Unidos, donde se desarrollan sus novelas. Por Todo lo que muere (Tusquets, 2004) fue galardonado en 1999 con el prestigioso Shamus Award a la mejor primera novela.
Libros de John Connoly en Tusquets: Todo lo que muere – El poder de las tinieblas – Perfíl asesino
El famoso festival de cine italiano se celebrará entre el 30 de agosto y el 9 de septiembre.
El catedrático de Literatura en París afirma que la integración de España en Europa se debe a su cocina
Laviana,
Andrea A. SOLÉ
«La novela negra intenta mantener un contacto íntimo con la realidad, tratando a la cultura no como recreación, sino como algo que va unido a la vida de las personas», manifestó Serge Salaün, catedrático de Historia y Literatura Española en la Universidad Sorbonne Nouvelle, de París, en la última conferencia del curso de Extensión Universitaria «Cultura y alimentación», celebrado en Pola de Laviana.
La novela negra surge en América en el siglo XIX y viene de la mano de lo que se considera la caída del sueño americano, de la época de la crisis económica de 1929, reflejando lo que en ella estaba sucediendo. «No hay novela negra sin mensaje», afirmó el catedrático, y desde su aparición, las novelas negras «están relacionadas con las crisis que sucedían en la sociedad de aquellas épocas».
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Herme Cerezo
Veinte años después, Pavlos Macris, un profesor de la universidad de Salónica, experto en Historia del Arte del Renacimiento, recibe la “extraña” visita de una pareja de policías: el teniente Eugenidis y la sargento Lida Pavlidu. Ambos penetran en su vida para remover el pasado: la búsqueda de un viejo amigo, Dimitris Scuros, al que Macris conoció cuatro lustros atrás y al que hace más de tres años que no ha vuelto a ver. Casualmente Scuros, Mimis de apelativo, ha desaparecido sin dejar huella. A partir de este instante, de esta irrupción policial, la vida de Pavlos, prototipo clásico del profesor de universidad (vida solitaria, dama de llaves a la antigua usanza, en realidad un remedo freudiano de la imagen de su madre, vivienda tradicional y aislada, sin pareja estable, rodeado de libros y cedés de música clásica, enfrascado en mil libros y comunicaciones académicas), sufrirá un profundo cambio al participar en la investigación policial desencadenada para buscar a Mimis. Pavlos Macris entrará al trapo subyugado por los indudables atractivos de la sargento Pavlidu, a la que dobla en edad y en deseo. Desde ese momento, su “rutinaria y subrepticia” vida sentimental con su amante Eleni, una odontóloga casada con un colega suyo, cobrará un nuevo sentido o perderá el que tenía.
¿Conseguirá Macris consumar en el tálamo su relación con la sargento Lida Pavlidu tal y como pretende? ¿Cómo reaccionará su amante clandestina, ante esa nueva situación? ¿Dónde ha ido a parar Mimis Scuros?
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Publicado en el nº 10 de A Quemarropa (domingo 16 de julio de 2006)
Ayer por la tarde un gangster se hizo con el poder de la Carpa del Encuentro. Con pistola, camisa blanca y zapatos, pantalones, tirantes y sombrero negros, su imagen logró aterrar a unos cuantos. Afortunadamente, contuvo su Violencia residual y se limitó a contarnos su historia. Se trataba de Jesús María Prieto, estudiante de Arte Dramático de Gijón, que dramatizaba el relato de J. M. Moreno Pérez Violencia residual, ganador del I Concurso de Relatos Cortos Justo Vasco, convocado por la Asociación Cultural Novelpol. La Asociación que preside Zeki, uno de los personajes que no fallan nunca en la Semana Negra, ha bautizado el galardón con el nombre de una de las almas de la Semana Negra: Justo Vasco, fallecido a principios de año. Al premio se presentaron 299 relatos que optaron a los 250 euros con que estaba dotado. Fueron finalistas los relatos Romanzas y seguidillas, de A. Portillo González; Crónicas de lo indeleble, de D. Olavarría; Disparos sobre el espejo, de C. E. Almonte Carvajal y El pendenciero, de R. D. Tarruella. El jurado estuvo compuesto por Lorenzo Lunar, Rebeca Murga, Ricardo Bosque, Jesús Lens y Sébastien Rutes.
En la foto, de izquierda a derecha, Ricardo Bosque, Jesús María Prieto, Zeki y José Javier Abasolo.
El sábado, a las 19.30 y dentro de los actos correspondientes a la XIX Semana Negra de Gijón, un gangster realizó una lectura dramatizada en la Carpa del Encuentro del relato ganador del I Concurso de Relatos Cortos Justo Vasco convocado por la Asociación Cultural NOVELPOL.
El relato ganador era, como ya informamos en su momento, Violencia residual, de José Manuel Moreno Pérez. El gangster, en la foto, el estudiante de Arte Dramático de Gijón Jesús María Prieto, quien a pesar del aspecto terminó perdonando la vida a todos los presentes en el acto.
No se registraron daños personales ni materiales.
El pasado sábado se daban a conocer, en el Hotel Don Manuel de Gijón, los premiados en las diferentes modalidades en esta última edición de La Semana Negra.
De entrada, y para hacer un chiste fácil, diré que al título de la última novela de Miguel Mena le sobra el plural, porque ha sido un solo día el que he necesitado para metérmela entre pecho y espalda. Eso sí, un día sin descanso salvo el imprescindible para bajar a tomar unas cañas cerca de casa y guardar las formas ante los inminentes comentarios tipo "últimamente no tienes ojos más que para los libros" o "para estar al lado de un mueble con gafas me voy con mi madre de compras" que me empezaba a ver venir.
Claro, el autor no pensaba en mi manera de leer cuando puso título a su obra, sino en los durísimos días de la transición, y en concreto a las semanas posteriores al intento de golpe de Estado de Tejero, con ETA matando a un ritmo de dos personas por semana, con secuestros para dar y regalar como el del ingeniero Ryan o el heladero valenciano Suñer, con la extrema derecha calentando todavía más el ambiente, con la Guardia Civil con el gatillo flojo del caso Almería y con los cuarteles y comisarías del país repletos de funcionarios ansiosos por brindar cuando el sucesor del golpista del tricornio tuviera éxito y acabase con la puta democracia de los cojones.
Y, por si fuera poco, por si la gente todavía no estaba bastante desestabilizada con la que estaba cayendo, alguien golpea en uno de los pocos estamentos que unen a todos los españoles: el fútbol, claro. Y no se le ocurre otra cosa que secuestrar al "pichichi" de la liga, al asturiano y desde esa temporada barcelonista Enrique Castro "Quini".
"Días sin tregua" es una novela atípica para el género, puesto que, por una vez y sin que sirva de precedente, el lector parte con varios cuerpos de ventaja respecto de los investigadores del secuestro, ya que la novela es parte de la historia de este país y todo aficionado medianamente informado sabe que a Quini lo secuestraron unos pobres hombres en paro y lo tenían retenido en un sótano de Zaragoza; y mientras eso sabe el lector, la policía buscando en Barcelona conexiones con ETA, GRAPO, grupos organizados que pretendan añadir más leña al fuego o mafias de todo tipo.
Sin embargo, esa ventaja del lector no resta intriga a la novela ya que lo de menos es quién sea el autor de tan sorprendente secuestro. Lo verdaderamente importante es la lección de historia reciente que supone la novela, la crónica casi periodística de unos años convulsos que pueden suponer el regreso a las catacumbas dictatoriales o la vacuna que inmunice al país contra todo lo que esté por llegar.
Y como maestro para impartir esta clase de historia, Mena elige a Luis Mainar, un inspector madrileño que acaba de participar en la investigación del secuestro y asesinato por parte de ETA del ingeniero Ryan de la central nuclear de Lemóniz (como dice el protagonista, el gatillo es mucho más rápido que la radiactividad) y que es destinado a Barcelona para colaborar en la resolución del caso del futbolista.
Mainar abandona su comisaria de Madrid dejando tras de sí los vasos de plástico pringosos de champán barato con que muchos de sus compañeros han brindado seis días atrás por Tejero. En Barcelona, nido de rojos y separatistas, no le recibe un ambiente más agradable y pronto descubre que será mejor no manifestar en público (entre sus colegas, evidentemente) su disgusto y preocupación ante tanto salvador de la patria como abunda en los cuarteles españoles o asegurar que, ingenuamente tal vez, preferiría ser inspector de Scotland Yard, donde ni la policía cuestiona la democracia ni los ciudadanos desconfían de la policía.
Pero no sólo deberá callar sobre eso, sino que también deberá hacerlo respecto a la propia investigación en la que colabora. Y guardarse las espaldas, como comprobará cuando se percata de que alguien de su propia comisaria pretenda chantajearle aunque no tenga ni idea de por qué motivo.
Todo ello salpicado por la presión de sus problemas familiares: un suegro militar que no deja pasar ocasión para pedir menos politiqueo y más mano dura, una mujer a seiscientos kilómetros de distancia geográfica y casi tantos en lo emocional y, lo peor de todo, una hija que no crece como los demás niños de su edad sin que los médicos sepan porqué, que tal vez nunca sepa decir papá, una niña que ríe sin tener motivo para hacerlo, que se lleva todo a la boca… incluso la pistola que encuentra en una maleta en uno de los momentos para mí más terriblemente tensos de toda la novela, y no sólo por el peligro que supone para la criatura sino por los sentimientos que despierta en el padre.
En definitiva, una magnífica novela que, con la excusa de un secuestro que conmocionó a los aficionados al fútbol de todo el país, nos sirve, entre otras cosas, como resumen de prensa de una de las épocas más convulsas de la historia reciente de España. Y para tenernos amarrados hasta el final a nuestro sillón favorito sin tiempo siquiera para tomar una cañas con los amigos. Con el calor que se avecina.
DÍAS SIN TREGUA (Premio Málaga de novela)
Miguel Mena
DESTINO. 2006
Ricardo Bosque para La Gangsterera
¿Y quién es Trevanian?, se preguntarán algunos.
Pues dicen las malas o buenas lenguas que tal vez fue un escalador de prestigio, quizás un especialista en arte, un ex agente secreto… En cualquier caso, fue el seudónimo utilizado por alguien para publicar, en los años setenta, una serie de novelas de espionaje protagonizadas por Jonathan Hemlock, alpinista, profesor de arte y agente secreto en sus ratos libres, ocupación esta con la que costea sus caros caprichos artísticos. Como quiera que el candidato con más papeletas para responder a ese seudónimo era el escritor norteamericano Rodney Whitaker, fallecido el pasado mes de diciembre, supongo que se trata de un secreto que descansa ya bajo tierra.
Viviane Ardevol, de la editorial Entrelibros rescata ahora los dos primeros títulos de la saga, publicados en España a finales de los ochenta por Noguer Ediciones y promete más para el año que viene. Se trata de "La sanción de Eiger", llevada al cine en 1975 por Clint Eastwood, y "La sanción de Loo".
Lo primero que debemos tener en cuenta es que se trata de novelas escritas en los primeros setenta, por lo que resulta conveniente, antes de comenzar su lectura, vestirnos con nuestro mejor pantalón acampanado o con nuestra minifalda preferida (según sea el caso), saquemos del armario la camisa con cuello más grande que podamos encontrar, calzarnos las Ray-Ban de cristales verdosos que teníamos olvidadas por algún cajón y disponernos a "perdonar" algunas actitudes o expresiones que ahora nos pueden parecer improcedentes, trasnochadas o políticamente incorrectas.
En las novelas protagonizadas por Jonathan Hemlock podemos encontrarnos con esos malos malísimos que tanto nos han hecho disfrutar en las historias de espías, tipos sin escrúpulos siempre dispuestos a dominar el mundo como sea, mediante fórmulas para desarrollar mortíferas armas biológicas o mediante el chantaje vil a las más influyentes personalidades de los más poderosos gobiernos del mundo. También veremos desfilar ante nuestros ojos a quienes, desde agencias y contra agencias de espionaje, tratan de poner orden e impedir que los del otro bando consigan sus fines. Y a los ejecutores fríos de las órdenes, incuestionables, que reciben de sus superiores. Y mujeres fatales que aprovechan sus encantos para sonsacar información de donde haga falta… Ay, qué tiempos aquellos, que diría la otrora supuestamente exuberante (y actualmente recauchutada) Bienvenida "Welcome" Pérez.
Y en medio de todo, Jonathan Hemlock, un tipo absolutamente frío y tremendamente capacitado para matar que desconoce lo que es el sentimiento de culpabilidad, un personaje que recuerda por su amoralidad al Ripley de Patricia Highsmith. Experto en arte y prestigioso alpinista, presta sus servicios por dinero a la CII, una organización secreta norteamericana que se dedica a buscar y "sancionar" a aquellos agentes del bando contrario que han osado asesinar a algunos del propio. Porque, no hay que olvidarlo, estamos en los setenta, con dos potencias sumidas en plena guerra fría y, en tiempos así, si algo abunda son los agentes secretos y los motivos para matar.
En "La sanción de Eiger", novela que sirve para presentar a nuestro protagonista, un agente de la CII ha sido ejecutado por la competencia en Montreal. Los asesinos no han dudado en abrir garganta y estómago de la víctima en su afán por recuperar el microfilm que acababa de tragarse. Hemlock es requerido para que sancione a los culpables, uno de los cuales ha sido identificado y del otro se sabe que va a participar en una escalada a uno de los picos alpinos que más vidas se ha cobrado a lo largo de la historia. Su misión será, una vez sancionado el primero de los asesinos, participar en la expedición a la espera de los datos que identifiquen a quien será su segunda víctima, uno de los tres compañeros de ascensión. Pero, ¿qué puede ocurrir si la información no llega antes de que comience la escalada? ¿O si la persona a quien debes sancionar es tu compañero de cordada, aquel que impide que te precipites al vacío?
La trama de "La sanción de Loo" es más convencional, o al menos el escenario lo es. Estamos en Londres. Un hombre aparece empalado en el campanario de St. Martin's-in-the-Fields mientras Hemlock se dispone a dar una serie de conferencias sobre el tema que mejor domina. No, no me refiero a los asesinatos selectivos, sino al mundo del arte. Pero pronto se ve implicado en la muerte de un desconocido que aparece en el cuarto de baño de su casa, y una organización británica vinculada a la CII, de la que se había despedido hace ya cuatro años, le pide amablemente que les ayude a acabar con un individuo que posee información con la que chantajear a la mitad del Parlamento inglés. Para conseguirlo deberá introducirse en la red de burdeles de lujo que, según parece, dirige el candidato a víctima del profesor de arte y gracias a la cual sabe lo que sabe de los viciosos políticos británicos.
Dos novelas de acción al cien por cien, con diálogos plagados de cínicas indirectas, con personajes que nos resultarán familiares desde el principio porque son como aquellos con los que hemos crecido muchos de los que ya tenemos taytantos, como esos Dr. No o Fu-Manchú de turno con los que Ian Fleming o Sax Rohmer nos lo hicieron pasar tan bien. Y una gran alegría el hecho de que una editorial recupere buenos libros casi perdidos en unos tiempos en los que se publica mucho aunque no importe tanto la calidad como la novedad y comercialidad del autor.
Para dentro de unos meses, "Shibumi", otra de Trevanian, con diferente protagonista pero en la misma línea de espionajes y conspiraciones que estas dos primeras. Mientras tanto habrá que esperar, pero antes no debo olvidar quitarme estos pantalones acampanados y esta camisa con chorreras que, más que un espía serio, me hacen parecer un Austin Powers de pacotilla, Y tampoco es cuestión de salir a la calle a llamar la atención.
LA SANCIÓN DE EIGER - LA SANCIÓN DE LOO
Trevanian
Traducción: Isabelle Ardevol
ENTRELIBROS. 2006
Ricardo Bosque para La Gangsterera
El paisaje gallego y Leo Caldas, un solitario investigador policiaco, son los grandes protagonistas de Ojos de agua (Siruela), de Domingo Villar. Galicia destaca por la descripción de su naturaleza, de su gente y sus costumbres gastronómicas. A Caldas le toca resolver el asesinato de un joven saxofonista, y al mismo tiempo tiene que soportar a su irreverente asistente, Rafael Estévez.
Domingo Villar (Vigo, 1971) dice haber escrito Ojos de agua, su primera obra, como "un acto balsámico contra la ausencia de mar". Madrid es la residencia del escritor desde hace dos años, y durante ese tiempo ha convertido a Leo Caldas "en un amigo entrañable".
Ojos de agua es una novela policiaca de corte clásico con agilidad narrativa y detalles sutiles que irán desvelando una trama más compleja. El jazz se despliega como telón de fondo de una historia en la que las mujeres aparecen como constantes sombras; el vino, como un cómplice imprescindible, y donde los elementos cómicos sirven como descanso para el lector.
"Es una historia verosímil, pero no completamente veraz". Así define Villar su libro, para el que tuvo que realizar algunas investigaciones de temas médicos y recorrer bares y clubes de jazz.
Es también un homenaje a las ausencias: la de las mujeres, la de la melodía de un saxofón, la de la claridad en las respuestas y, sobre todo, la de Galicia. Es ésta la que marca más a Villar y la que lo ha hecho continuar una segunda historia con Leo Caldas.
JUAN Bolea (29/06/2006)
Uno de los valedores y maestros de la novela negra española, Fernando Martínez Laínez, nos ha reunido a una gavilla de autores en una antología del género en España, titulada Crímenes contados.
Siendo arriesgado y difícil, en literatura (y más en este país), abordar antología alguna, por cuanto el riesgo de incurrir en ausencias, o en alguna presencia sobrante, es siempre ineludible, revelaré que uno de los criterios de Martínez Laínez a la hora de realizar su selección fue el hecho de haber instruido una serie policial, o de haber construido un protagonista detectivesco lo suficientemente original como para merecer el interés del lector.
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Como anticipaban nuestros queridos libreros negrocriminales , esta es la versión provisional del programa de la XIX Semana Negra.
Más desengañados y menos violentos. Y cada uno lleva su nota distintiva. Así son los sabuesos del siglo XXI.
El modelo americano clásico, esculpido en una sola pieza, ha perdido vigencia. Difícil encontrar entre la nueva generación de detectives a un tipo duro, cínico y solitario al estilo de Philip Marlowe o de Sam Spade. El antihéroe que inmortalizó Humphy Bogart en El halcón Maltés ya no existe.
Hoy los nuevos polis rompen los estereotipos. Ni siquiera son guapos. Incluso forman parte de alguna minoría social: negros, homosexuales o mujeres. Y a fuerza de acumular experiencias amargas, ya no creen en la justicia. Sólo hacen su trabajo.
Animales urbanos, la idiosincracia de su ciudad los define. Y el viejo modelo europeo del sibarita al estilo Pepe Carvalho o del psicólogo del crimen como Maigret tampoco les cuadra. Pueden ser respetables padres de familia o ex convictos, pero una cosa es segura: conectan con el nuevo lector. Una buena muestra de la capacidad del género para renovarse continuamente.
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