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La Balacera

Novela negra

ALBERTO PIQUERO

Se acabó el cuento, que se parece mucho al cuento de la lechera. Vamos, que se rompió definitivamente el cántaro de Leclerc, la gran superficie comercial que iba a dotar los espacios urbanísticos de Nuevo Langreo y proporcionar algún remiendo en la bolsa del paro del Valle del Nalón, la cual ha tenido otro desgarrón en las últimas cifras estadísticas.

Cuento o novela negra, vaya uno a saber

García Márquez consideraba a propósito del viejo escándalo del aceite de colza -¿se acuerdan de aquel ministro que explicaba el fenómeno atribuyéndolo a la injerencia de unos bichitos?- que era un material narrativo de primer orden y que no comprendía por qué no había entre las letras españolas ningún escritor que se pusiera el mandil y se pringara con el óleo asesino. Seguimos renuentes a ese tipo de mandilones.

Leclerc y sus circunstancias no han producido muertes, que se sepa. Pero sí han desencadenado importantes frustraciones, principiando por las que resultan de una larga batalla en la que toda la carne puesta en el asador se chamuscó a partir de turbias negociaciones que todavía colean por los tribunales de Justicia.

Que los abogados y jueces resuelvan, pero no me digan que el caso no se merece una pluma como la de Dashiell Hammett.

En lo que concierne a aquellos que aguardaban a ganarse el pan con el sudor de su frente en los mostradores de la multinacional, más que un relato bíblico, digo yo que la prosa recomendable para describir su honrada indignación es la de Dickens o alguno de los olvidados autores del realismo social. 'Las uvas de la ira', de Steinbeck, tampoco les vendría mal, aunque ya sé que los consuelos literarios no traen el salario a casa, sólo un cierto desahogo espiritual.

Lo que ahora queda por averiguar es si el epílogo de la trama se ha cerrado oportunamente, dando por supuesto que se había secado el manantial del las ideas y que el protagonista fundamental había hecho mutis por el foro -argumento del PSOE y el PP-, o si todavía se podía intentar una última vuelta de tuerca que nos hubiera conducido a un final más feliz -según la inspiración de IU, que atisbaba guiños en tal sentido-.

Sea como fuere, la travesía nos ha conducido hasta la nada, que es literatura existencialista. Y edificar propósitos sobre cimientos tan leves, apenas si está al alcance de Walt Disney. Habrá que sacarlo de la hibernación. Me temo.

Publicado en elcomerciodigital.com

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